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El Bicentenario

Solo la celebración de una historia familiar. Por Alejandro Horowicz

Los festejos del Bicentenario sirven para verificar que la historia sobre el origen de la Nación Argentina sigue, paso por paso, el mito de la novela familiar de la extinguida oligarquía porteña.
Una historia capaz de orientar a la sociedad civil debe poner fin a su irrestricto sometimiento al mito.

Si algo caracteriza la historia de los Estados Unidos, como relato, es precisamente la completa historicidad del Congreso de Filadelfia.

Si algo caracteriza el relato del Congreso de Tucumán es la ausencia de documentos de primera mano.

Las actas desaparecieron (no es el único caso, otro tanto sucedió con las del Congreso del Año 13), y lo que allí sucedió sólo puede inferirse. Sin embargo, suele ser de dominio público el desapego de las familias tradicionales porteñas por el 9 de Julio. Adolfo Bioy Casares lo cuenta así: “El 25 de Mayo, el viejo Día de la Patria, que los provincianos reemplazaron con el 9 de Julio. Desde chico una vieja intuición porteña, mejor dicho argentina, me llevó a querer el 25 de Mayo y a ver las fiestas julias como advenedizas, como las fiestas de los otros”.


No se trata de un caso excepcional, ni siquiera de una novedad contemporánea. Juan Martín de Pueyrredón, nombrado director supremo de las Provincias Unidas por el Congreso de Tucumán, tuvo que festejar el 9 de Julio por vez primera en la capital. Como por azar del almanaque llegó a la ciudad en agosto, y en agosto de 1806 los porteños derrotaron la primera invasión inglesa. Superpuso ambos festejos. Era el modo de hacerles tragar la píldora tucumana.
El Congreso del Año 1816 se hace en Tucumán porque no sólo se declara la Independencia de las “Provincias Unidas de Sudamérica” de la corona española y de “toda otra potencia extranjera”, sino además la independencia de esas provincias virreinales del centro porteño.

Y ése es el festejo del interior, el que el Buenos Aires oligárquico repudia.
Pregunta: ¿desde cuándo eran independientes? Respuesta mítica: desde el 25 de Mayo de 1810.

Examinemos la vulgata del Billiken: William Carr Beresford toma la fortaleza tras la huida del virrey Sobremonte. Jacques de Liniers, marino francés al servicio de Carlos IV, con el auxilio de milicianos traídos de Montevideo y los habitantes recaptura el fuerte. Un Cabildo Abierto organiza milicias, y 8.000 hombres armados eligen sus oficiales.

La segunda invasión toma Montevideo en enero de 1807. Sobremonte, pese a contar con 2.500 hombres, no interviene en su defensa.

Otro Cabildo Abierto en el que participan los milicianos armados, nos cuenta Mitre en su Historia de Belgrano, destituye y arresta al virrey. En trescientos años de dominio español en América nunca había sucedido, nunca volvería a suceder.

La segunda invasión llega a Buenos Aires y es rechazada. El jefe de la resistencia es elevado por un Cabildo Abierto al rango de virrey interino.


La pregunta: ¿siguen siendo una colonia?, ¿una colonia con sus ciudadanos armados y el virrey destituido? Sin estruendo el poder había pasado de manos. Una revolución política muda había tenido inesperado éxito. Sin embargo, la historia oficial insiste en la centralidad del 25 de Mayo de 1810. Y el revisionismo –que ha sido capaz de discutir la integración del panteón de héroes con la historiografía liberal– le enmienda la plana en detalles, sin rozar el núcleo duro de su matriz mítica.

En el primer tomo de El país que estalló desarrollo en detalle ese complejo problema. Vale la pena subrayar un punto: el esfuerzo por disponer de una revolución burguesa –así sea mítica–, de mirarnos en el distorsivo pero elegante espejo de la Revolución Francesa, nos impone una línea de lectura que vuelve incomprensible el pasado, transformándolo en un relato amañado y monótono. La historia es algo demasiado serio para dejarla en manos de académicos profesionales y políticos oportunistas. Si en esas manos queda depositada la crítica perspectiva de un nuevo horizonte compartido, no cierran ni las fechas.

Es evidente que ni 1806 ni en 1810 se funda “una nueva y gloriosa nación”, sino la crisis del virreinato. Recién en 1880, con la federalización de Buenos Aires se constituye la República Argentina. De modo que festejar en 2010, el Bicentenario de un país que a gatas supera el siglo es festejarle la novela familiar a una clase que poseyó la pampa húmeda y que ahora vive de su renta financiera, en medio de la crisis más intensa del capitalismo global.
 

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